Capítulo 33: llueve
- A ver si querés que citemos, citamos. Tanta cháchara sobre el amor… al final es más como dice Žižek. Estar enamorado es amar algo, a alguien por sobre el resto. ¿Para qué estar enamorado si no es para sentir algo especial, algo distinto a la cotidianidad que me rodea? ¿Para qué salgo a un bar si no?, ¿o no?- dijo Jonás.
- Así que ahora lees a Žižek .- contestó Julieta
- Así que ahora objetivás el amor. ¿Vos Mateo qué opinás?
- Entonces decías que la dejaste porque vos querías curtir con otras minas –, lo interrumpió Julieta.
Jonás ya estaba mirando para otro lado: un culo en pollera corta de modal. El tono de Julieta ya era de impaciencia. Mateo le agarraba la mano con fuerza.
Julieta respondió a Mateo pero para imponerle una temporalidad diferente. Bailó descontroladamente controlada, algo torpe. Mientras tanto trataba de hilar cómo había llegado a esa situación tan molesta. Se acordaba de sucesos aislados, inconexos: había ido al Gaumont con Mateo a ver un ciclo de cine turco. A la salida, Mateo había ido al baño y Julieta se había encontrado con Jonás de casualidad en la puerta.
- Qué loco encontrarte acá
-Ah, sí… ¿cómo estás? Estás linda, che
- Bien, ¿vos? ¿Entrás o salís?
- Entro. Tengo que ver esta película que parece un bodrio, por algo que estoy trabajando para mi última novela.
- Cierto que ahora sos un novelista famoso. Vi tu libro pero no me animé a comprarlo.
-Bueno, no sé si tanto como famoso. ¿Vos, hermosa, que estás haciendo?-, y le apoyó la mano en el hombro.
- Yo… lo de siempre, qué sé yo.
Julieta recordaba la conversación mordiéndose los labios de bronca. Le molestaba que su “hermosa”,” linda” y demás adjetivos que decía por vicio de hombría, le resultaran seductores. En ese momento había llegado Mateo, y terminado yendo los tres a comer juntos. El resto de la noche se veía empañada por la cajita que Jonás les había pasado por debajo de la mesa.
Mientras bailaban, Julieta no podía evitar mirar de reojo a Jonás, estar pendiente de cada uno de sus movimientos, aún cuando sabía que cualquier pendiecitud provocaba la indiferencia de él. Le molestaba también Mateo, ahí, con su cara de nada como si no supiera lo que fuera a pasar.
Mateo y Julieta vivían juntos. Así fue como se conocieron. Julieta había tenido que dejar el departamento de Recoleta. Mateo estaba desesperado por irse de su casa. Los presentó un amigo en común y alquilaron un PH en Belgrano. Al principio, estaban para no sentirse solos, después de un tiempo se acostumbraron a estar juntos.
-Jonás, nos vamos-, le dijo Mateo
-Bueno
De la misma forma misteriosa que había logrado sumarse a la comida después del cine, se sumó a la vuelta a Belgrano.
Abrieron la puerta y enseguida Julieta se puso a sacar las tazas de la mesa ratona y llevarlas a la cocina. Mateo trató de ayudarla, ella no se dejaba.
- ¡Me envolvés en el espiral de la búsqueda de aprobación!- dijo con un grito ahogado mientras trataba de deshacerse de los brazos de Mateo rodeando su hombros y las tazas. No sabía si el comentario era para Mateo o para Jonás o para ella.
Se sentaron los tres en el sillón de dos cuerpos.
- Ponete uno de tus discos. El primero que lo escuché pocas veces- le dijo Jonás a Mateo palmeándole la rodilla.
Mateo se levantó insomne del sillón. Traspasó la sala con sus piernas demasiado largas. Puso el disco y desde ese otro lado se quedó mirándoles apoyado en el mueble de madera. El sillón verde, los pelos castaños, una camisa blanca de él, la nariz de ella amodorrándose, los ojos negros de él, sus dientes blanquísimos y esa comodidad tan incomodadora. Recordó que la luna estaba llena y subió por la escalera caracol, temía deseando que él lo siguiera.
En algún momento Jonás preguntó a Julieta sobre sus cuadros. En algún momento, Julieta y Jonás se sentaron en la cama de Julieta para que se los mostrara. En algún momento, Jonás la fue tocando de a poco. Ella se puso tensa. La mano, que le recorría la nuca, le corría el pelo, que le rozaba la piel que transpiraba helada. Petrificada, lo dejaba. Había algo de ella que ya no estaba ahí, algo que objetivaba la situación en la que se veía tocada, manoseada, veía un pene parándose, engordándose. Asco y sensación de siniestro. Pero no podía hacer nada, no podía lograr que su cuerpo respondiera a órdenes racionales. La mano de él en su cabeza y unos murmullos: algo en un tono pegajoso, algo amoroso. Cuando volvió en sí, estaba hamacándose en él. De a poco algo parecido a placer le tomaba el cuerpo, pero él acababa siempre demasiado rápido.
Mientras Jonás dormía con Julieta tomada del brazo, ella se mal humoraba, se enredaba en la auto flagelación. Miraba la pared blanca. Su cuerpo recordaba el olor a mandarinas al sol, de las tardes de invierno, a él, al olor a Gitanes y alcohol, de espaldas en la cocina.
Presos de las ruinas circulares. Mateo temeroso jugaba a las marionetas.
- A ver si querés que citemos, citamos. Tanta cháchara sobre el amor… al final es más como dice Žižek. Estar enamorado es amar algo, a alguien por sobre el resto. ¿Para qué estar enamorado si no es para sentir algo especial, algo distinto a la cotidianidad que me rodea? ¿Para qué salgo a un bar si no?, ¿o no?- dijo Jonás.
- Así que ahora lees a Žižek .- contestó Julieta
- Así que ahora objetivás el amor. ¿Vos Mateo qué opinás?
- Entonces decías que la dejaste porque vos querías curtir con otras minas –, lo interrumpió Julieta.
Jonás ya estaba mirando para otro lado: un culo en pollera corta de modal. El tono de Julieta ya era de impaciencia. Mateo le agarraba la mano con fuerza.
Julieta respondió a Mateo pero para imponerle una temporalidad diferente. Bailó descontroladamente controlada, algo torpe. Mientras tanto trataba de hilar cómo había llegado a esa situación tan molesta. Se acordaba de sucesos aislados, inconexos: había ido al Gaumont con Mateo a ver un ciclo de cine turco. A la salida, Mateo había ido al baño y Julieta se había encontrado con Jonás de casualidad en la puerta.
- Qué loco encontrarte acá
-Ah, sí… ¿cómo estás? Estás linda, che
- Bien, ¿vos? ¿Entrás o salís?
- Entro. Tengo que ver esta película que parece un bodrio, por algo que estoy trabajando para mi última novela.
- Cierto que ahora sos un novelista famoso. Vi tu libro pero no me animé a comprarlo.
-Bueno, no sé si tanto como famoso. ¿Vos, hermosa, que estás haciendo?-, y le apoyó la mano en el hombro.
- Yo… lo de siempre, qué sé yo.
Julieta recordaba la conversación mordiéndose los labios de bronca. Le molestaba que su “hermosa”,” linda” y demás adjetivos que decía por vicio de hombría, le resultaran seductores. En ese momento había llegado Mateo, y terminado yendo los tres a comer juntos. El resto de la noche se veía empañada por la cajita que Jonás les había pasado por debajo de la mesa.
Mientras bailaban, Julieta no podía evitar mirar de reojo a Jonás, estar pendiente de cada uno de sus movimientos, aún cuando sabía que cualquier pendiecitud provocaba la indiferencia de él. Le molestaba también Mateo, ahí, con su cara de nada como si no supiera lo que fuera a pasar.
Mateo y Julieta vivían juntos. Así fue como se conocieron. Julieta había tenido que dejar el departamento de Recoleta. Mateo estaba desesperado por irse de su casa. Los presentó un amigo en común y alquilaron un PH en Belgrano. Al principio, estaban para no sentirse solos, después de un tiempo se acostumbraron a estar juntos.
-Jonás, nos vamos-, le dijo Mateo
-Bueno
De la misma forma misteriosa que había logrado sumarse a la comida después del cine, se sumó a la vuelta a Belgrano.
Abrieron la puerta y enseguida Julieta se puso a sacar las tazas de la mesa ratona y llevarlas a la cocina. Mateo trató de ayudarla, ella no se dejaba.
- ¡Me envolvés en el espiral de la búsqueda de aprobación!- dijo con un grito ahogado mientras trataba de deshacerse de los brazos de Mateo rodeando su hombros y las tazas. No sabía si el comentario era para Mateo o para Jonás o para ella.
Se sentaron los tres en el sillón de dos cuerpos.
- Ponete uno de tus discos. El primero que lo escuché pocas veces- le dijo Jonás a Mateo palmeándole la rodilla.
Mateo se levantó insomne del sillón. Traspasó la sala con sus piernas demasiado largas. Puso el disco y desde ese otro lado se quedó mirándoles apoyado en el mueble de madera. El sillón verde, los pelos castaños, una camisa blanca de él, la nariz de ella amodorrándose, los ojos negros de él, sus dientes blanquísimos y esa comodidad tan incomodadora. Recordó que la luna estaba llena y subió por la escalera caracol, temía deseando que él lo siguiera.
En algún momento Jonás preguntó a Julieta sobre sus cuadros. En algún momento, Julieta y Jonás se sentaron en la cama de Julieta para que se los mostrara. En algún momento, Jonás la fue tocando de a poco. Ella se puso tensa. La mano, que le recorría la nuca, le corría el pelo, que le rozaba la piel que transpiraba helada. Petrificada, lo dejaba. Había algo de ella que ya no estaba ahí, algo que objetivaba la situación en la que se veía tocada, manoseada, veía un pene parándose, engordándose. Asco y sensación de siniestro. Pero no podía hacer nada, no podía lograr que su cuerpo respondiera a órdenes racionales. La mano de él en su cabeza y unos murmullos: algo en un tono pegajoso, algo amoroso. Cuando volvió en sí, estaba hamacándose en él. De a poco algo parecido a placer le tomaba el cuerpo, pero él acababa siempre demasiado rápido.
Mientras Jonás dormía con Julieta tomada del brazo, ella se mal humoraba, se enredaba en la auto flagelación. Miraba la pared blanca. Su cuerpo recordaba el olor a mandarinas al sol, de las tardes de invierno, a él, al olor a Gitanes y alcohol, de espaldas en la cocina.
Presos de las ruinas circulares. Mateo temeroso jugaba a las marionetas.







